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Xavier Ortiz
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Técnica Alexander y
Fibromialgia o Fatiga crónica
Este es un diario de una alumna
que padece de este síndrome. Después de un tiempo de recibir clases le animé a
que escribiera su experiencia. Le pedí su autorización para colgar sus
experiencias en la red. No he querido añadir ni cortar nada y he respetado
incluso el tipo de letra con el que me lo dio.
Esta es la crónica de parte del
proceso que está viviendo Espero que su lectura os conmueva tanto como la mi. Y
nada más, dejaré que sus palabras hablen por sí solas.
Xavier Ortiz
-
En la
primera clase
me di cuenta de que puedo identificar las contracturas de la
espalda, que no son una sola sino muchas independientes y que puedo
reducirlas, bajar el dolor.
En una sola clase pasé de "¡ NO LO PUEDO SOPORTAR! " a "Parece que esto lo
puedo aguantar".
-
También aprendí que no debo bajar los hombros cuando me doy cuenta de que los
levanto, sino que lo que tengo que hacer es NO subirlos.
- A
partir de ahí empecé a fijarme en cuando subo los hombros, que resultó ser
"siempre", al hacer cualquier movimiento, al estar sentada, al andar, etc.
Ahora, antes de hacer cualquier cosa, me paro, pienso en no subir los hombros
y en soltar la espalda antes de hacer nada. Lo he ido incorporando a cada
actividad de una en una, es decir, primero fue al andar por la calle, luego al
lavarme los dientes, luego al fregar los platos, al sentarme al ordenador,
etc. No soy consciente de que contraigo la espalda hasta que me paro y pienso,
cada vez, en cada actividad diferente.
-
Aunque deje de subir los hombros ahora, unos segundos después vuelven a subir,
así que el trabajo de pensar en "no hacer" debe ser permanente, continuo. Al
principio la atención continua me agotaba; ahora lo llevo mejor. Es una
gimnasia mental.
-
En la
segunda clase
me di cuenta de que al repartir el peso por igual en las dos piernas y
apoyarme en los talones, dejo de perder el equilibrio. Desde entonces no me he
vuelto a caer de espaldas. Antes me encontraba de repente estirada en el
suelo, cuan larga era, sin haberme dado cuenta de que me estaba cayendo. No me
ha vuelto a pasar.
Antes no podía bajar dos escalones. Ahora ya no me mareo en las escaleras.
-
Después de la segunda clase dejaron de dolerme los pies. Llevaba años
sufriendo mucho al andar pues me dolía el primer tercio de ambos pies; un día
que, por las prisas, empujé un carro de la compra sin apoyarme en los talones,
volvieron a dolerme los pies.
-
Ahora sé que no debo dejarme caer en la silla sino que he de mantener
conscientemente el equilibrio todo el tiempo, igual que al andar o al hacer
cualquier cosa, simplemente pensando en lo que estoy haciendo.
-
En la
tercera clase
aprendí que no debo encogerme y saltar hacia atrás cada vez que se me acerca
alguien. Inhibir las reacciones a los estímulos es lo que más me cuesta.
La mala costumbre social de endosarse un par de besos al encontrarse con un
conocido, así como el dar palmaditas en la espalda me daba muchísimos
problemas. Ahora he aprendido que si cuando alguien se me acerca le indico con
la mano que se pare mientras le digo con calma "por favor no me toques", la
otra persona se para y me da tiempo de explicarle que me duele que me toquen,
que no es que tenga nada contra ella ni que tenga nada contagioso. Tener que
explicarle a la gente que estás enferma es molesto y desagradable y yo siempre
lo evitaba, pero como eso implicaba ofender a las personas pues pensaban que
les tenía manía y además eso se repetía en cada encuentro, no me ha quedado
más remedio que explicárselo a las personas que veo habitualmente para no dar
lugar a más malentendidos.
- En
esa clase aprendí que nunca hay que actuar precipitadamente. "Pensar antes de
actuar" es muy fácil de decir pero necesita mucho entrenamiento.
-
En la
cuarta clase me
di cuenta de que hago las cosas con muchísimo esfuerzo, cosa completamente
innecesaria. De nuevo en cada actividad, una por una, me fijo en el esfuerzo
inútil que aplico y procuro eliminarlo. Estoy aprendiendo a hacerlo todo de
nuevo, con el mínimo esfuerzo parando primero, pensando en como hacerlo luego
y no teniendo ninguna prisa por conseguirlo.
- Soy
plenamente consciente de que los hábitos adquiridos me perjudican pues hacen
que me mueva ineficientemente y, lo que es peor, como son inconscientes no sé
evitarlos y los repito cada vez.
-
En la
quinta clase
aprendí a dirigir la atención a las manos (exactamente a la punta de los
dedos) en lugar de a los brazos o los codos cuando quiero mover los brazos.
Eso es fácil pues tengo sensibilidad en las yemas de los dedos (parestesia).
Eso me ha corregido completamente el estilo libre de natación. Antes me daba
la impresión de que el fondo de la piscina hacía cuesta arriba y me cansaba
mucho nadar. Ahora nado sin esfuerzo todo el tiempo que quiero y muchos días
me salgo de la piscina por aburrimiento.
Aplicando lo mismo a los pies, ahora doy la vuelta de campana sin hacerme daño
al tocar la pared.
- Para
quitarme el terrible dolor que tenía en el pecho, me hice una imagen mental
asquerosa: el alien de la película que sale al exterior rompiendo las
costillas en medio de un chorro de sangre. Con esa imagen yo dejaba de hacer
presión y dejaba salir el alien, cada vez que la angustia
me embargaba. Ahora ya no necesito ninguna imagen pues el dolor del pecho se
ha reducido a simples calambrazos cada vez que muevo los brazos sin pensar en
las manos.
- He
recuperado la capacidad pulmonar que tenía antes.
- En
la primera clase no era capaz de girar la cabeza para mirarme en el espejo
pues tenía un dolor tremendo. Girar la cabeza lleva involucrados dos dolores:
el del cuello propiamente dicho y el de la espalda. Poco a poco el dolor del
cuello fue bajando y a las pocas clases ya podía girar la cabeza. Ahora he
descubierto que si antes de girar la cabeza, paro y pienso en soltar las
líneas verticales de la espalda, puedo girar la cabeza con facilidad, a veces
sin ningún dolor.
- He
dejado toda la medicación porque no la necesito y me interfería en el
aprendizaje.
- Los
problemas digestivos que tenía desaparecieron sin más. El terrible agotamiento
que me invadía por la tarde después de comer, que me impedía cualquier
actividad por ligera que fuera durante el resto del día, también ha
desaparecido.
- El
dolor del costado derecho ha desaparecido.
- Las
rampas y calambres han desaparecido. Ya no se me duermen los brazos ni las
manos. No me tengo que levantar varias veces durante la noche para soportar el
malestar.
-
Durante la noche duermo varias horas seguidas. Antes no dormía más que algunos
periodos de menos de una hora y no llegaba al sueño profundo. No soñaba. Ahora
vuelvo a soñar.
- La
noche que me desperté mientras me hacía una contractura y la detuve, marcó un
punto y aparte: No he vuelto a hacerme ninguna contractura nueva.
-
Antes me despertaba cada vez que me movía un poco. Ahora me despierto cuando
me he girado durmiendo y llevo un rato de costado, porque me duele; antes me
era imposible colocarme de costado.
-
Puedo estar de pie un rato, por ejemplo esperando el autobús o dentro de un
transporte público hasta conseguir asiento. Eso me ha ahorrado muchas
discusiones pues antes tenía que pedirle a la persona que ocupaba el asiento
reservado para personas con dificultades que me lo cediera.
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Puedo estar sentada un ratito.
-
Puedo andar más tiempo sin agotarme, sin tener que ir mirando el suelo y puedo
mirar escaparates. Ahora ando despacio sin obligarme a andar despacio.
- Como
me canso menos, caigo menos veces en el agotamiento. Pero caigo porque sigo
sin saber parar a tiempo. Me sigue costando mucho pensar.
-
Tengo menos temblor (porque me canso menos?).
- No
he vuelto a sentir erróneamente que se me acelera el pulso.
- La
niebla mental ha disminuido mucho.
-
En la
vigésima clase
el profesor me dijo que no tenía que buscar la sensación que tengo en clase
mientras él me dirige y que me permite estar de pié, andar y subir las
escaleras doliéndome menos las rodillas. Eso me ha despistado completamente.
-
Ahora que ya puedo bajar las tensiones del tercio superior de la espalda,
empiezo a reconocer las tensiones del tercio central y las bajo. Eso me da la
sensación de que me endereza la espalda y me levanta la cabeza.
- Un
día fui al dentista pensando en la tortura que me esperaba pues no podía
mantener la boca abierta por culpa del dolor de la articulación de la
mandíbula. Allí en el sillón, empecé a darme las instrucciones: suelta la
mandíbula, suelta la espalda, suelta los brazos,... Al principio aprovechaba
cada vez que el dentista paraba para cerrar la boca, pero al cabo de un rato
SE ME OLVIDÓ que me dolía la mandíbula.
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